10 Sep 2016

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Reflexionando sobre nuestros vínculos de apego adulto

Retomando el post anterior, voy a mencionar aquellos apegos donde esa sintonía necesaria de la que hablaba, de parte del adulto no se ha dado satisfactoriamente:

 –apego evitativo (o “distante” en el adulto) historias de vínculos donde el adulto no ha estado disponible y no ha respondido de manera cariñosa. Para poder sobrevivir a ello, estos niños ya de adultos, minimizan la importancia de las relaciones interpersonales y la comunicación de emociones. Esta actitud minimizante puede haber sido muy adaptativa para niños/as criados en un desierto emocional. Suelen ser personas que narran “he sido muy independiente de muy pequeño”, por ejemplo.

 –apego ambivalente (o “preocupado” en el adulto)  un tipo diferente de adaptación ocurre en respuesta a una vida familiar con padres inconsistentemente disponibles, lo que puede producir una sensación de ansiedad acerca de si se puede o no depender de otros. Estos niños han sentido un sentimiento de incertidumbre, por eso de adultos se encuentran preocupados por los vínculos que establecen.

Puede ser experimentado como una desesperada necesidad de otros y una simultánea desazón al sentir que las propias necesidades nunca serán satisfechas. Son adultos demasiado preocupados en las relaciones, con temor a ser dejados, muy marcados.

 –apego desorganizado: (o “irresuelto” en el adulto) cuando de niños hemos vivido situaciones donde aquella figura de apego que debía protegernos, era a la vez fuente de terror o miedo, actuando de ambos modos de manera alternativa e impredecible, puede llevarnos de adultos a la sensación de desconexión y desconfianza con los otros y con la propia mente.

Halla cual haya sido nuestra historia infantil, lo importante es el sentido que le damos  a nuestras historias. Si de adultos hemos llegado a comprender nuestra vida, nuestras  experiencias infantiles y su impacto, las emociones de ira, pena, rabia, miedo, el dolor mismo ha quedado en el pasado, podremos criar hijos con apego seguro.

Las relaciones, tanto personales como terapéuticas, parecen ser capaces de

ayudar a los individuos a desarrollarse desde un funcionamiento de la mente incoherente (inseguro) hacia un funcionamiento más coherente (seguro).

 Para saber si estás en ese punto o sería bueno que consultes a un profesional puede ayudarte hacerte estas preguntas:

 ¿Hay situaciones de tu pasado que son particularmente difíciles de pensar por que te angustia o te hace sentir mal?

 ¿Te dices a menudo “no me gusta pensar en mi niñez” o “no recuerdo gran parte de mi infancia” o “creo que ha sido una infancia feliz” pero a la hora de dar ejemplos concretos no se te ocurre ninguno más que por ejemplo el festejo de algún cumpleaños ?.

 ¿Crees que a la hora de relacionarte con tus hijos, esas situaciones que has vivido siendo niño o adolescente, influyen en tu relación con tu hijo/a?

 ¿Tienes la sensación de que hay una cuestión profunda, tal como temor a acercarte a un otro, una sensación de no valía o de ser defectuoso, angustia ante la indefensión de tu hijo/a, temor o preocupación por si el otro estará o te dejará solo, que puede estar afectando la relación con su hijo/a o con otras personas?

 ¿Sientes que hay cuestiones irresueltas de pérdidas o trauma en su vida?

¿Crees que puedan estar influyendo en tu experiencia interna de quien eres y sobre tu manera de vincularte?

 ¿Te encuentras tratando de no comportarte de ciertas maneras a causa de lo que te sucedió cuando niña/o? ¿Hay cosas que te gustaría cambiar pero no puedes hacerlo porque te sale de manera automática? (por ejemplo explotar a la hora de ponerle límites a tus hijos).

 ¿Qué te gustaría cambiar de cómo te ves a ti mismo y de cómo te relacionas con los demás?

 Estas preguntas te ayudarán a decidir si es hora de que pongas manos sobre el asunto y comiencen a trabajarlo, con la ayuda de un vínculo seguro con un psicoterapeuta. No dudes en consultar si es tu caso.

27 May 2015

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¿Por qué es importante la expresión de lo que sentimos?

En mi vida diaria tanto a nivel personal como en la terapia misma, me encuentro preguntando constantemente a los otros acerca de lo que sienten. Muchas veces algunos pacientes no saben identificar las emociones: dicen “no lo sé”, “o no siento nada” mientras sus ojos se ponen rojos ante un recuerdo doloroso que a mi me produce tristeza, o hasta puede llegar a angustiarme. Otras veces, las palabras no salen, hay ALEXITIMIA, pero la persona que tienes enfrente comienza a decir “me duele la cabeza, y siento que se me están moviendo las piernas” frente a un recuerdo que le provoca perturbación pero sigue sonriendo,  por ejemplo y no puede ponerle nombre a lo que siente…

Vamos a intentar entender que son las emociones y porque es tan importante expresarlas…

Aclaro desde ya, sobretodo para los hombres que lean este post, que expresar las emociones es propio de los humanos que tenemos esa capacidad de poner en palabras lo que nos sucede y no propio de las mujeres, como nos han enseñado. Expresar las emociones no nos hace ni débiles, ni “nenazas” sino nos alivia, nos hace vincularnos con los otros, ayuda a que no las actuemos, nos libera de la opresión que podemos sentir u otras sensaciones físicas.

Daniel Siegel define a las emociones como “la sensación subjetiva de lo que sucede en el cuerpo”.

Para poder hablar de ello debemos introducir los hemisferios cerebrales y su función. El hemisferio derecho es la sede de nuestro ser emocional y social: en él creamos imágenes de nuestra mente y la mente de los demás; es más visceral y emocional.

Para comunicar ideas necesito del hemisferio izquierdo, más conceptual y analítico, se expresa en ideas y pensamiento racional. Ambos están comunicados y colaboran en integración bilateral u horizontal.

Un ejemplo de la predominancia de algunos de ellos seria por ejemplo: si puedo describir con imágenes dejando que aparezcan en la conciencia estaría actuando el hemisferio derecho: “veo los copos de avena como salen de la caja y van al tazón azul que sostengo con mis manos. Siento como crujen al chocar entre si. Me siento y noto que la luz del sol me da en los ojos”. El lado izquierdo empezaría  a explicar en cambio:“cada vez que me levanto y voy a desayunar pienso que el croissant tiene grasa, que podría afectar  a mi salud comer tanto bollo, y escojo los cereales, que no hacen tanto daño, son Light los que venden en televisión, aconsejados para dieta”.

El primero es podríamos decir más poético, vemos la imagen al narrarla; el segundo busca causas y efectos, prima la lógica.

Llevado el proceso a las emociones y  su expresión el camino seria: se activa el hemisferio derecho donde se encuentran las imágenes somato sensoriales no verbales: “soy conciente de la opresión que siento en el pecho, la siento”. Luego se traduce por medio del hemisferio izquierdo al concepto de emoción buscando en “los procesadores neurales de los centros lingüísticos”: Puedo expresar abiertamente: “me estoy sintiendo angustiada”. Es el lado izquierdo del cerebro el que aporta el sentido y significado a los sentimientos y recuerdos.

Si no se diera esa integración, si prima el hemisferio izquierdo podemos encontrarnos con personas sumamente rígidas, racionales pero frías y distantes a nivel emocional.

Si la falta de integración se expresa siendo predominante el lado derecho, nos encontraremos a sujetos desbordados por sus emociones, muy pasionales e impulsivos, reactivos. En este último caso las personas se pueden ver abrumadas por imágenes autobiográficas fragmentadas o sensaciones corporales que le asustan. (como sucede cuando hemos vivido situaciones traumáticas no elaboradas, cuando se vienen a la mente las imágenes como fotografías que han quedado fijadas).

Utilizar palabras para describir el mundo interior ayuda a las personas que tiene dificultades para acceder a las emociones pero también a aquellas que necesitan equilibrar un sentimiento demasiado activo.

Este autor habla de la necesidad de “nombrar para dominar las emociones”.

Nuestros niños necesitan contar sus historias, porque les ayuda a entender sus emociones y los acontecimientos de sus vidas. A veces como adultos tendemos a evitar hablar de las situaciones dolorosas que pueden haber vivido. Las historias nos permiten dominar los momentos que sentimos que no controlamos.

Antes de ello debe estar el adulto dispuesto a sintonizar con las emociones que sienten los niños, para poder regularlas, calmando y luego ayudándoles a ponerle palabras.

Para los que estáis embarcados en el proceso de crianza os recomiendo el libro El cerebro del niño, Daniel Siegel. Editorial Alba. Os recomiendo también el libro Emocionario, que puede ayudarte a trabajar con tus hijos las emociones que sienten.

Te dejo aquí el link, que tiene actividades que te pueden ayudar: http://www.palabrasaladas.com/emocionario.htm

Si sientes que tienes alguna dificultad en expresar las emociones o regularlas (poder auto calmarte) produciéndote malestar como ansiedad por ejemplo, no dudes en consultarme…

Dibujo del libro Emocionario.

21 Mar 2014

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Situaciones de trauma

Llamamos trauma a acontecimientos de la vida que se caracterizan por ser inesperados, repentinos y abrumadores.

Existen traumas de origen externo como pueden ser, por ejemplo, un accidente de coche o haber sobrevivido o ser testigo de un atentado y otros de origen interno, intrafamiliar que son generalmente crónicos y muy dañinos en la medida que afecta la confianza que establecemos con los otros (cuando aquellos que supuestamente nos quieren paradójicamente nos hacen daño). Esto es algo que la mente no puede procesar sobretodo si sucede a tempranas edades.

¿Como reaccionamos frente al trauma?

Ante cualquier acto violento o catastrófico, las personas generalmente buscan una forma de hacer frente al trauma y a la tensión que le sobreviene. Se intenta hacer frente a unos actos que escapan de la comprensión racional y esto puede hacer que se produzca un encadenamiento de sentimientos que culminen en sensaciones de un profundo dolor, vulnerabilidad y miedo, unido a sentimientos de desconfianza y odio hacia aquellos grupos que guardan relación con sus agresores.

La primera reacción es un estado de shock pudiéndose sentir la persona como desubicada en tiempo y espacio o deslumbrada. Se puede también no reconocer que algo terrible ha sucedido. Luego aparecen otras reacciones. Las respuestas más comunes suelen ser lo que se ha llamado ESTRES POST TRAUMÁTICO. Aparecen recuerdos muy vivos sobre el acontecimiento traumático que pueden surgir sin motivo evidente y que provocan que se reviva la situación, haciendo que se produzcan reacciones físicas bruscas tales como taquicardias o sudoración. Ante la tensión extrema pueden aparecer síntomas físicos tales como dolores de cabeza, náuseas, sensación de opresión en el pecho. También se producen problemas o interrupciones en las pautas de alimentación y/o de sueño (pesadillas, obresaltos, estado permanente de alerta). Se produce una sensación de pérdida de control de la situación. Pueden aparecer dificultades en la memoria, la concentración y en la toma de decisiones. Se dan profundos sentimientos de pérdida, soledad, desolación, indefensión, desamparo y miedo hacia todo, así como repugnancia a la hora de expresar sus sensaciones. Sentimientos de culpabilidad por haber sobrevivido o por no haber hecho algo más para evitarlo. La persona prefiere estar aislada, sola, no quiere estar en compañía de otros.

También existen conductas de evitación de todo aquello ligado al hecho traumático. Estas reacciones pueden ser normales en le primer tiempo del suceso, pero puede suceder que perduren en el tiempo, siendo necesario consultar para que nos ayude en un clima de seguridad y confianza a procesar aquello que nuestro cerebro no ha podido realizar solo. Cuidado ante los consejos que nos dicen “ya paso olvídalo de una vez y sigue adelante”, porque por más que querramos no podremos dejarlo en el pasado sino lo enfrentamos con la ayuda de un otro.

04 Mar 2014

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Actuar frente al peligro

Nuestro cerebro esta vigilando continuamente el medio interno y externo, buscando señales de peligro. Si lo detecta, nos sitúa en un estado de alerta máxima, y activa la respuesta de huida- lucha- paralización.Esto depende de la evaluación que se haga de lo que está ocurriendo, y a su vez de las experiencias que hemos tenido en el pasado. Por ejemplo: una persona puede ver que alguien levanta la mano en la calle: si no ha tenido situaciones de miedo que le recuerden ese gesto va a pensar que ese sujeto esta cogiendo un taxi. Si hemos sufrido con anterioridad maltrato automáticamente puede que hagamos un gesto para protegernos de esa señal.

Las experiencias del pasado traumáticas (donde hemos tenido sensaciones de terror, miedo, muerte y sin salida), limitan la capacidad evaluativa de lo que sucede, cierran las posibilidades, y generan en nosotr@s activación.

La respuesta de lucha provoca aumento de tensión muscular, de ritmo cardiorrespiratorio que va acompañado de la sensación de cólera o furia.

La huida responde a que el sistema nervioso simpático se active (frecuencia cardiaca, respiración, estado de agitación interior), pero nos impulsa a huir, correr en vez de atacar. Cuando estamos preparados para la lucha o la huida nuestra capacidad de atención (de estar abierto a las posibilidades de lo que esta pasando), se limita por el estado de alarma y la reacción que provoca. No podemos pensar en otra cosa, ni relajarnos, ni tranquilizarnos. La activación es fija, rígida, automática y sesgada (no vemos mas allá del peligro que sentimos en el cuerpo).

En la paralización, congelamiento o indefensión, interviene el sistema parasimpático, reduciéndose, frenando la presión arterial, el ritmo cardiorrespiratorio, hay lentitud, una falsa calma. El ejemplo de lo que ocurre se puede ver en el mundo animal donde un corderito se muestra “como muerto”, frente a su depredador. La sensación de indefensión limita las posibilidades de pensar y hacer. El estado de terror limita cualquier sensación de posibilidad y hace que nos aislemos de los demás e incluso de nosotros mismos.

Estamos en “modo supervivencia”, estrechándose la experiencia interior, de contacto con uno mismo y con los otros. Nos sentimos distantes, solos, y paralizados. Pasamos de estar receptivos (de evaluar múltiples posibilidades) a ser reactivos (nos cerramos en la reacción).

Si esto te ocurre a menudo, está diciéndote que el pasado está en el presente, y que tu cerebro no ha podido procesar situaciones de terror , miedo y dolor que has vivido. Consulta a un profesional.