10 Nov 2014

BY: admin

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El otro día tuve el placer de poder ver una buena película en el cine: Relatos salvajes, película argentina escrita y dirigida por Damián Szifron (2014). Seis historias que nos hacen reír pero que son verdaderos dramas que dan cuenta de lo que podemos hacer con nuestra ira, y el deseo de venganza.

Una de las historias “El más fuerte”, cuenta muy bien como se enciende la ira en nosotros, llevando en este caso a una escalada de violencia destructiva en ambos protagonistas.

Soy experta en meter la pata y contar el final de las historias a los amigos que todavía no han visto el film, pero como he visto que estaba en la wilkipedia descripta, me tomo esa licencia:

“Diego Iturralde viaja por la ruta en la provincia de Salta en su lujoso coche, cuando se cruza con un viejo auto que le va cerrando el paso. Diego se le adelanta para seguir su camino y lo insulta tratándolo de “negro resentido”. Cuando pierde rastro de aquel auto kilómetros más adelante, pincha un neumático y se ve obligado a parar en la banquina. Vuelve a cruzarse con el automovilista a quien había insultado, quien al verlo decide detener su auto delante del suyo. El conductor comienza a destrozar el auto de Diego. Tras pedidos de disculpa rechazados, la ira se apodera de él, arranca su auto y embiste el de su agresor, arrojándolo así por un barranco que derivaba en un río. El hombre logra salir y Diego comienza a perseguirlo con su auto, pero la rueda de auxilio, que no estaba bien ajustada, se suelta generando que el vehículo caiga también por el barranco. El hombre va a buscarlo para terminar con la vida de Diego y logra entrar al auto donde se genera una desenfrenada lucha…” (y esta vez no cuento el final).

Tod@s hemos sentido en algún momento en mayor o menor medida los signos físicos de la ira. Nuestro cerebro esta preparado para registrar si un estimulo puede considerarse una amenaza y evaluar el peligro. Si la conclusión es que no la hay, liberamos la tensión, los músculos se relajan y volvemos a estar como dice Daniel Siegel receptivos”,  la mente esta clara y tranquila, podemos utilizar nuestra parte reflexiva y racional.

Pero si en cambio la valoración es a favor del peligro, el estimulo pasa a ser relevante: “es malo”, “me está atacando” . Uno de los comportamientos que se activa (y es propio del mundo animal) es la posibilidad de la lucha. Nuestro sistema nervioso autónomo se prepara: el corazón late con fuerza, se dispara la adrenalina, se libera cortisol en sangre (la hormona del estrés) y ya estamos preparados para la acción. Si ponemos en palabras las emociones en juego son de ira, impotencia, rabia, miedo, frustración. En ese momento, ya estamos en modo automático, es decir no pensamos, somos pura reacción, nuestra ventana de tolerancia es estrecha, lo que significaba que por ejemplo antes contábamos hasta diez, o respirábamos hondo, y ahora esas estrategias ya no sirven, ya el mecanismo se ha disparado, solo queda explotar.

En la escena descripta más arriba vemos a Diego indefenso dentro del coche, pidiendo disculpas, un poco invadido por el miedo, otro poco porque se capacidad reflexiva funciona  todavía. Pero luego se dispara y ambos ponen el automático en una lucha por destruir al otro. Daniel Siegel habla de cómo se anula en ese momento la “flexibilidad de respuesta” que permite insertar un intervalo temporal entre el estímulo y la respuesta. Esa capacidad es una parte importante de la inteligencia emocional y social. Nos permite ser plenamente conscientes de lo que sucede y refrenar nuestros impulsos a tiempo para elegir la mejor respuesta. También expresa que se anula la “conciencia moral” entendiéndola el autor como la capacidad de pesar y de actuar para el bien común o la sociedad. ( D Siegel, 2011).

Volvamos más atrás en la escena, en el origen, y donde se dispara la escalada. En la carretera y cuando se cruzan por primera vez Diego y quien será su agresor, el primero reacciona insultándolo ante su mala conducción con un “negro resentido”.

Me imagino a este hombre con una conversación interna en su mente, la rumia mental (encadenamiento de pensamientos dañinos) que le lleva a que el proceso físico se inicie. Me lo imagino en un monólogo interno como: “que se cree este porteño, todos son iguales vienen a pasarme por encima, creo que soy poca cosa por ser de provincia, llamarme negro a mí…(recuerdos que se vienen de cuando otros lo han hecho por ejemplo, burlándose de él en la escuela, hasta insultos de su propio padre, o comparaciones con sus hermanos).

Podríamos pensar que Diego ha puesto el dedo en la llaga, en alguna historia de su pasado, que quedo allí incrustada y no resuelta, donde lo hicieron sentir pequeño, poca cosa, siendo tal vez desvalorizado o humillado. Tal vez no tuvo muchas posibilidades en su historia de canalizar las emociones (legítimas) que el ser tratado así le genero, de otra manera, por ejemplo expresarlas, sentirse apoyado por un adulto protector, desarrollar habilidades de comunicación de sus emociones y ser asertivo pudiendo poner los limites en otras situaciones a través de las palabras.

Seguramente de niño aprendió a guardar la tristeza que tenia y no sacarla en forma de llanto, porque le transmitieron que los hombre no lloran, o presencio modelos de resolución de conflictos donde el uso de la fuerza era la estrategia natural. Esto quedo guardado en su cerebro y cada vez que se sienta amenazado o en peligro volverá a dispararse el mecanismo de la ira. (En este caso concreto no, porque no le han quedado posibilidades, la ira puede ser destructiva y generar daño, pero mejor no lo cuento por respeto a los amigos…)

¿Qué podríamos hacer si fuese posible para ayudar al protagonista?. Por un lado, dotarlo de estrategias de control, aprendiendo a registrar las sensaciones que su cuerpo le envía, antes de que el “modo reactivo”, automático, ya este disparado (y sólo quede explotar). La estrategia de “tiempo afuera” podría ayudar por ejemplo, si en ese momento la persona con quien interactúa pasa a estar en riesgo. La retirada de la escena a tiempo podría evitar el daño. Por otro lado tendría que aprender a autorregularse, como bajar esas sensaciones corporales por ejemplo, a través de un esfuerzo físico (salir a correr), u otras estrategias que lo contacten con la calma y la tranquilidad. Pero lo más profundo seria poder detectar que del pasado lo ha disparado, volver a  procesar e integrar esas escenas dolorosas, traumáticas en donde aprendió a sobrevivir por medio de la descarga de la agresividad. Esto implica un trabajo terapéutico con otro, que repare en el vínculo y ayude a elaborar esas historias en vez de actuarlas. “Poder reflexionar sobre esas experiencias con cierta distancia, y con una apertura, una observación y una objetividad que entonces no había tenido. Poder ver como esas episodios reactivan recuerdos muy profundos que explican la reacción. (D Siegel, 2011). Recuerdos del pasado pueden aparecer para redirigir nuestra conducta. Esas asociaciones pueden hacernos reaccionar de manera automática.

 Ya sabes, si te sientes identificad@ con esta manera de reaccionar, si tienes miedo de hacer daño porque no lo controlas, si detrás de ese ataque que te hace sentir poderoso hay un niño humillado, castigado que se siente muy pequeño, no dudes en buscar ayuda de un profesional psicólog@. “Los momentos difíciles de nuestra vida se pueden convertir en oportunidades para obtener una comprensión más profunda de nosotros mismos y de nuestra conexión con los demás.”(D Siegel, 2011).

Recomiendo a  Daniel Siegel,  “Los crepes de la ira”, en Mindsight: la nueva ciencia de la transformación personal. (Paidos, 2011).

Imagen del cartel de Relatos Salvajes.